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Quién salvará a El Salvador

19 Jul

Amanece en San Salvador. Acabo de recorrer la parte norte de el país en compañía de un ex guerrillero del FMLN. Ha sido como adentrarme en un documental. Yo sentado en el jeep con la ventana bajada y escuchado la historia reciente del país a través de uno de sus protagonistas, mientras que éste conducía el coche. “En ese cerro tuvimos una de las batallas más sangrientas. Aquí me refugié durante años después de que el ejército asesinara al rector de la universidad. En aquellos pueblos nos reuníamos para diseñar el plan de combate y recibir las armas. Después regresé a la universidad para reclutar a más jóvenes”. Así durante más de cuatro horas con un almuerzo incluido junto al volcán de San Salvador, cuyo cráter visitamos. Daban ganas de acampar.  Ahora tengo la libreta llena de fechas, nombres y títulos de libros que no sé si me dará tiempo a leer. Que no acabe nunca este documental.

Los días anteriores he recorrido las zonas más devastadas del país por el terremoto del 2001, el huracán del 2005 y los fuertes vientos del 2007. Este país no gana para desgracias. La gente todavía vive en casas provisionales que  año tras año modifica algún temporal. Muchas de esta comunidades ni siquiera posee agua corriente y mucho menos electricidad. La ONG navarra Onay ha construido más de 300 viviendas en los últimos cinco años. Pronto iniciará un proyecto para capacitar a estos campesinos en el trabajo de la tierra, pues El Salvador abandonó el campo con la llegada de la democracia. Pensaron que con los nuevos tratados de comercio les resultaría más barato comprar fuera los alimentos. Ahora no sólo no tienen hambre, sino que tampoco dinero para comprarlos. Los suelos fértiles los ocupan fábricas extranjeras de ropa. Y el resto de tierra ya nadie sabe explotarlas porque con el cambio de política agraria cerraron los centros de asistencia técnica, universidades agrarias y los pocos técnicos cambiaron de oficio.

Mañana y pasado continuaré recorriendo el país. Detrás estoy del padre Pepe Morataya, un sacerdote salesiano que durante los últimos diez años trabaja con pandillas desde San Salvador. Tengo su móvil pero no me contesta. Mientras tanto, me consuelo fotografiando los muros de la ciudad con las firmas de la mara “salvatrucha”. Un de los responsables de los 700 homicidios en lo que va de años. A ver quién salva ahora a San Salvador.

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A Guatemala volveré

17 Jul

Anochece en El Salvador. Ayer abandoné Guatemala con gran pena. Me hubiera encantado quedarme una semana más. Hay tantos temas sobre los que escribir y he hecho tan buenos amigos. Espero regresar pronto, si no es que tomo de nuevo un autobús hacia Guate antes del 23. Hoy he pasado mi primer día en Santa Ana, El Salvador, y he comido con vistas al Pacífico después de caminar por la selva en busca de comunidades campesinas.

El fin de semana ascendí a un volcán, Pacaya (2.550 metros). Lo hacía con el Pelle, un joven abogado guatemalteco. Escuchar cómo avanza la lava por las laderas o ver cómo rugen las tripas del volcán es todo un espectáculo. También aproveché el fin de semana para recorrer Antigua, la anterior capital de Guatemala y la única que mantiene el genial sello de la colonia. Casas con balcones junto a fachadas de conventos destrozados, pues fue abandonada tras un gran terremoto que derrumbó los 17 conventos que daban vida a la ciudad.

Pero lo mejor fue la entrevista de ayer. Durante hora y media hablé con un ex mara,  Juan Manuel C., de las M18. Líder durante cuatro años de la clica del barrio 18 de Boca de Monte. Una entrevista impactante que me encogió el estómago. Tuvimos que interrumpir nuestra conversación varias veces, cada vez que aparecía un policía secreta por el agujero en el que trabaja ahora escondido de su mara, de las pandillas rivales y de la policía. “Cuando uno decide dejar la mara, gana un enemigo nuevo: su propia mara”. Y es que su cabeza tiene precio y, aunque son pocos los que quedan con vida de su generación, sus tatuajes le delatan. Los tiene al rededor de su cuello, por toda la espalda y por sus antebrazos. Algo que le ha llevado a vivir escondido en un piso, lejos de su barrio y acompañado de su hija de cuatro años. Ha estado nueve veces en la cárcel como lo demuestran sus brazos: un payaso triste entrerrejas tatuado en su antebrazo así lo recuerda.

Lleva en el cuerpo siete heridas de bala. El codo derecho ya no lo puede cerrar por haber recibido dos de estos siete disparos. “Si lo cierro, se me sale el hueso”. El último impacto fue en la cárcel durante un gran motín en el año 2005. Pero es un afortunado, de los 40 jóvenes que formaban su clica o pandilla tan sólo quedan cuatro con vida. “La situación de la calle es muy dura, a cualquiera le pegan cuatro tiros en la cabeza. Muerte, violación y droga es lo que ahora impera”.

Su carrera dentro de la mara fue rápida. Ingresó con catorce años durante los años en el instituto, después fue ganándose el respeto a golpe de gatillo y alcanzó la cima con 21 años cuando le nombraron líder de los Latin teeny criminal de Boca del Monte de la M18. Él gestionaba la droga del barrio, compraba las armas y mantenía a sus hombres con vida. El desenlace y los detalles de su actividad como líder de la mara, así como sus meses en la cárcel lo deja para próximos post. Sin duda tengo que pensar bien cómo editar esta entrevista.

“Si publicas mi foto en Guatemala me buscarán para matarme, pero prefiero dejar huella que pasar por la vida invisible”.

Las fotos se las tomé en el baño de un gran edificio en el que ahora trabaja. Se quitó la camiseta para enseñarme sus tatuajes donde carga su propia sentencia de muerte. “Cuando subo a un autobús la gente me trata como a una embarazada, se levantan para dejarme libre el asiento. La gente tiene miedo a las mara y no es para menos. A ver cuándo termina todo esto”. Al salir del servicio varias personas esperaban sin rechistar afuera. Ninguno se atrevió a levantar la mirada. En efecto, era un mara.

Sonrisa de metal

11 Jul

“Te estoy atracando, mi caute”

11 Jul

Hoy he pasado miedo. Las piernas me temblaban. Eran las 12.00 del mediodía, hora del almuerzo para los cerca de medio millar de personas que trabajan en el basurero del sector tres de Guatemala. Caminaba por un asentamiento de chabolas. Llevaba dos horas visitando familias con la cámara de fotos escondida tras un chubasquero. Pero apareció él con su botella vacía.

-Hermano, dame todo lo que tengas de valor. Te estoy atracando, hermano, óyeme. Qué tienes de valor.

El corazón me bombeaba en la sien. Era una calle ancha. Hacía sol y por un momento dejé de oler el fuerte aroma del basurero. Miraba al suelo

-Hermano, no quiero problemas, pero te estoy asaltando. A mí me han disparado ocho veces. Yo te disparo a ti ahora en la cabeza. Ya puede correr, pues. Te alcanzo a cinco metros con mi pistola. Yo te meto cinco balas en tu cabeza, óyeme.

Horrible. He pasado más miendo que en aquella comisaría de Bolivia o en la habitación con cristales tintados con un policía pidíendome dólares en Perú. El sector tres de Guatemala es así. Allí no entra la policía. Es terrerno de guajeros, buscadores de basura, y de pegamenteros, esnifa pegamentos.

Una señora me ofrece su casa para meterme. Su nombre: Milagros. Meto la cámara ahora en el bolso de la señora que me acompaña en esta ruta. También lo hace un señor de cincuenta años con gorrra. Es nuestro hombre de seguridad. No va armado, para que no le maten por el arma. Él ha sido el que se ha quedado hablando con el borracho, que por cierto, iba eufórico y llevaba un gran bulto en el cinturón…

A la salida de la casa, todo despejado. Nuestro hombre de seguridad mira entre los callejones y nos avisa de que regresa el asaltante. Corremos entre callejones. Pasan dos guardias nacionales en moto: visera negra, porra y pistola.

-¿Les aviso?- No, que seguro que son huates del borracho.

La policía que entra en el sector tres entra a lo mismo que los borrachos: a robar. Al fondo oímos sirenas, aparecen las paredes del basurero y dos niñas salen corriendo en dirección contraria a la nuestra con cara de susto. ¡Una balasera! Le avisan a nuestro hombre de seguridad que hay un tiroteo en esa calle. Cambiamos de callejón. Sigo sudando. Ya me da igual la cámara.

Salimos a una gran avenida. Estamos en la puerta del basurero… Ya ha pasado el peligro. Mis acompañantes respiran hondo. Yo todavía tiemblo. Me preguntan si quiero fotografiar la entrada, como si nada hubiera pasado. Una hilera de hombres salen con toda la ropa machada de basura. Huele a podrido. Ni contesto. Me limpio el sudor y camino. Era cierto había pasado el peligro, que no el susto.

La vida en el basurero

11 Jul

Juana Ventura junto a su abuela

Juana Ventura tiene 13 años, siete hermanos y una abuela desde el mes pasado. Sus padres y sus dos hermanos mayores murieron sepulatados en el basurero del sector 3 de ciudad de Guatemala. Su desgracia ser “guajeros”, buscadores de basura, en una zona en la que por las lluvias se derrumbo. Junto a ellos desaparecieron otras cincuenta personas al moverse más de 30.000 toneladas de basura y abrirse una grieta de cuatro metros en el suelo. Juana comienza ahora una nueva vida.

En la misma continúan más de 900 personas, las mismas que habitan los asentamientos de chabolas que rodean el gran basurero. En el cielo sobre vuelan los zopilotes, una variante americana de cuervo. Y es que cuervos y guajeros compiten por la mercancía que el resto de la ciudad deshecha. El olor del ambiente se clava en la garganta. Las moscas lo invaden todo.

 

Camino durante más de cuatro horas por estos asentamientos. Las chabolas han ido proliferando en las pendientes, parchean el paisaje con sus placas de madera, metal o cartón. A estas zonas les llaman palomares porque vive la gente como las palomas. Araceli López vive de alquiler en uno de ellos. Su casa no tiene baño. Ni siquiera la chavola es suya. Todos duermen en el suelo sobre cartones. Son cinco, ella su marido y tres hijos. Su suegro trabaja en el basurero, su marido en un taller, ella estudia para peluquera. La semana pasada se le quemó el único colchón por un cortocircuito. Ni los bomberos quiesieron acercarse a la zona. El sector tres no lo existe para muchos.

Jeny Serrano también estudia para peluquera. Lo hace en Junkabal una centro de formación que surgió en los años 60, la primera institución en atender a esta población. Allí le controlaron la salud durante el embarazo, le dieron víveres después para controlar la desnutrición de su hijo y aprendió a cuidar el higiene pues también vive de alquiler en 10 metros cuadrados. En su casa el único colchón sigue seco. En él duermen los tres. Ahora colabora en Junkabal para llevar a más señoras, vecinas y familiares suyas, para ganar algo en autoestima. Ella ya la tiene. Pronto colocará un letrero en su chabola para hacer mechas y planchas. Podrá ganar más que su marido.

Domingo del Rosario Ren ya lo hace. Es viuda, tiene cuatro hijos, a su madre viuda y a un nieto que mantener. “Junkabal ha sido una bendición para mí. Allí aprendí a lavarme, a cocinar, coser y ahora a peinar”, asegura sin complejos. El techo de su casa está inclinado. La chapa de metal sobre sale por una de las esquinas. “Es que no llegué a colocarla bien”. Y por su casa pasan vecinas de patio, amigas y familiares bien para encargarle una sobrecama, un peinado elegante o unos pasteles. “Antes sólo tenía el basurero y allí sientes que la vida no vale nada”.

En el basurero murió su marido. Lo mataron en una disputa entre guajeros. Encontraron zinc, lo más valioso. Y la pelea acabó en disparo. Junkabal no le devolvió a su marido pero sí le dio las herramientas para reponerse y seguir luchando.

Como estas mujeres, hay otras 350 a las que capacitan en talleres, forman como personas y mueven a crear su propia empresa. La ONG navarra Onay colabora con la financiación. Una buena causa. Un motor de cambio contra la espiral del basurero.

Huehuetenango, tierra de narcos y coyotes

5 Jul

Las historias sobre coyotes se multiplican a medida que uno se roza con más gente. Viajo de Quetzaltenango, donde el 50% de la población ya ha pasado una época de su vida en los EEUU,  a Huehuetenango, tierra de coyotes y narcos. Un viaje de cinco horas por caminos de barro y carreteras a medio construir. A los dos lados del camino todo es bosque. Una vegetación tropical me acompaña en cada curva con un paisaje cargado de cafetales, bananeras y plantaciones de maíz. Por las cunetas caminan campesinos con la azada al hombro unas veces, con madera cargada a la espalda otras o simplemente pedaleando en sus bicicletas.

Durante el viaje son continuos los camiones que nos adelantan por derecha o izquierda retando a la gravedad con sus cargas. También son varios los autobuses cargados de mojados que nos acompañan hacia Jacaltenango, región fronteriza con México. Y es que seguimos la ruta de los narcos. “A éste le cortaron los dedos, los ojos y la lengua antes de matarlo”, cuenta el chofer, un guatemalteco de raza con dos hermanos en Estados Unidos, señalando a una casa con los cristales negros. “Por llevar un paquete de Guatemala a la frontera de México los narcos ofrecen hasta 3.000 quetzales. El viaje no durara más de ocho horas, pero uno ya está atado de por vida”, continúa justificando su profesión como un honrado chofer.

Llegamos a Mesillas, un poblado a diez minutos de Chipas, México. Los rostros de la gente delata la presencia de los sin papeles costarricenses, hondureños o los oscuros guatemaltecos de oriente. “Aquí todo es puro narco, puro coyote. Todos van armados porque el que no lleva droga, se dedica a asaltar cargamentos o a viajar de mojado en la parte trasera de la ranchera”. Y así es. Nos cruzamos con un joven hablando por el móvil. Del bolsillo sobresale moderna pistola negro. “Mejor, ni los mires”.

Dos horas más de viaje y llego a Jacaltenango, una ciudad perdida en la montaña. El bosque lo envuelve todo y la altitud, a más de 2.400 metros, hace que el frío arrugue las caras. Mientras tanto, por la carretera no cesan de pasar camiones y autobuses rumbo al sueño americano para muchos de ellos, para otros al trampolín de la muerte. “Los que no caen en el desierto, mueren al saltar al tren de carga que atraviesa México”, concluye el chofer con una hermana desde hace doce años en Los Angeles, ahora viuda de un ex marine enviado a Irak. Las cosas del destino.

 

 

 

Hacia el sueño americano

3 Jul

 

Entre 80 y 100 guatemaltecos cruzan a diario la frontera en busca del sueño americano. Una realidad que ya ha dejado su huella en algunas regiones del país en las que la natalidad ha disminuido de golpe dejando las aulas de las escuelas semi vacías como es el caso de Fabrican. En otras regiones, no lo ha notado la natalidad, pero sí las municipalidades que se ha encontrado con las asambleas llenas de mujeres ante la falta de varones en los pueblos. En la localidad de Canoas Altas de la región de Solalá el 45% de la población ha cruzado la frontera. Ya son más de medio millar los que mandan a mensualmente remesas. Algo que ha transformado el paisaje con la aparición de grandes casas de piedra en un entorno medio selvático y lleno de casa de una altura remendadas con piedras, laminas de madera y chapa. Este proceso migratorio también se ha notado en las escuelas. Cada vez son más las familias de campesinos que se pueden permitir manda a sus hijos a la escuela, aunque sea a media jornada.

Evelin Vanesa Morales de 10 años tiene a su padre en los Estados Unidos desde hace tres años. Tiene tres hermanos y en cuanto acaba las clases de la escuela corre a su casa para ayudar a su madre en la cocina o en el campo. “Mi papa nos envía regalos y mama dice que volverá pronto”. Lo mismo asegura Rolan Ovando de 13 años y el segundo hermano de siete. Su padre lleva un año fuera. Hace dos años regresó de haber pasado otros dos años y medio. Con el dinero que trajo de su primer viaje cambiaron de casa. Ahora pagan los estudios. Rolan quiere ser doctor. Milton Obdulio, cocinero como su padre que desde Miami envía dinero a su madre. Lleva tres años fuera de Guatemala. “Mi casita es mejor que la de Rolan”.

 Tanto Evelin como Rolan o Milton estudian en la escuela rural de Canoas Altas que con la ayuda de la ONG navarra Okay ha conseguido en siete años alcanzar los 160 alumnos. Eric Giovanni Locon Yack es el director, tiene 27 años y a su padre en Nueva York desde hace un año. “El vicio de mi padre siempre ha sido la formación de sus hijos. Yo estudié para maestro, dos hermanos son peritos agrónomos”, señala Eric orgulloso. Su padre contrató a un coyote de Solalá. Los coyotes se encargan por 47.000 quetzales (4.700 euros) abrir las puertas al sueño americano. Acompañan a sus clientes hasta la frontera con México allí les ponen en contacto con guías u otros coyotes que acompañan a través del desierto hasta Florida y de allí hasta la ciudad que hayan erguido. 6.000 quetzales se pagan al principio. La mitad en Florida y al alcanzar la meta el total. Cada cliente tiene hasta tres oportunidades y las estadísticas populares hablan de que a la segunda va la vencida. En Canoas Altas, en pleno corazón de la Sierra Madre guatemálteca, en el paisaje está la respuesta. Cada vez más casas altas.