“Siento que vivo en una silla de ruedas”

4 Ago

Primeras 24 horas en Honduras. Recorro de la mano de Arturo e Inmaculada las aldeas de Arenas Blancas y Buenos Aires de El Progreso, oriente hondureño. Y me transporto en el tiempo. Carreteras sin asfaltar, casas sin tendido eléctrico, ni aseos, ni agua potable. Familias de campesinos que condenan a la mujer al cuidado de sus hijos, maridos que invierten sus míseros salarios en alcohol y tabaco; niños condenados a trabajar en el campo o a la inmigración en los Estados Unidos; niñas condenadas a trabajar en sus casas como esclavas de la madre o a escaparse jóvenes con el primer varón que les sonríe, les deja embarazadas y las deshecha. Políticos que roban hasta saciarse. Grandes empresarios sin escrúpulos… Y en medio de todo esto, una Fundación que trabaja por devolver la dignidad a las mujeres y los sueños a los niños. Una institución creada por Arturo e Inmaculada que siete años después de llegar al país han creado un comedor regido por madres de la aldea con aulas de estudio y un centro en el que los jóvenes aprende a tallar el vidrio y reciben becas para estudiar en colegios privadas con posibilidad de continuar en la universidad. Increíble. A las 9.00 de la noche en dos aulas una treintena de jóvenes de estas aldeas estudian en silencio. A fuera lluvia. A diez minutos, sus chavolas en las que revoletean gallinas. Y en las que muchas de ellas sufren los gritos de su padre, los malos tratos de su madre… El jueves he quedado con 20 jóvenes, de 14 a 18 años, para que me cuenten sus historias. Algunas de ellas han sufrido el intento de violación de sus abuelos, padres o hermanos…

Ya en Progreso, la ciudad más desarrollada de la zona, otra realidad. La de aquellos que luchan por llevar una vida normal pero no pueden. “Siento que vivo en una silla de ruedas”. Luis tiene 26 años, un hijo de 4 años y una mujer en Texas. Fue deportado hace dos años de los Estados Unidos, donde estudiaba el Bachilleraton por no contar con los papeles en regla. “Nunca me ha gustado pedir ayuda a la gente. Ahora necesito un abogado. Tengo que conseguírmelo trabajando. Pero con lo que aquí gano al mes es imposible”. Si recurre su expulsión, podría regresar a ver a su primer hijo pero no tiene los 2.000 dólares que cuesta contratar a un abogado. No los tiene, ni podrá ahorralos. Trabaja como conserje en el hotel en el que me hospedo. Gana 200 dólares al mes. El sueldo mínimo en el país es de 300 euros. “Quiero ir a Europa a aprender otro idioma, hacer dinero y regresar a los Estados”. Aunque su mujer tiene ahora otro hijo, de dos años, con otro hombre… Silencio. Lluvia tropical. Silencio. “Siento que vivo en una silla de ruedas. Y ha llegado el momento de que me levante. No puedo depender de nadie. Nunca me ha gustado”.

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