Piedra de toque

El precio de nacer pobre

Leo el blog de Ander y vuelvo a oler a polvora y orin. El mismo olor con el que recorrí durante cinco horas las minas de Potosí, Bolivia. Ander nos trae la historia de Abigaíl, una niña de 14 años que vive su adolescencia trabajando como minera en el Cerro Rico. En 2006, durante mi viaje por Bolivia, conocí a Julio Cesar, también de 14 años. Ambos, Abigaíl y Julio Cesar, han experimentado ya cuál es el precio de nacer pobre en un país pobre. Esto fue lo que entonces escribí:

Julio Cesar. IM

El pequeño Julio Cesar Gutiérrez no sonríe pese a estar de vacaciones y tener nombre de emperador. Lleva cinco horas trabajando en el Cerro Rico de Potosí, Bolivia, a 4.300 metros de altitud pero bajo tierra. Y a los 14 años son muchas horas de picar piedra, respirar cinc y esquivar explosiones.

Su padre tampoco sonríe. Acumula 30 años de maza y cincel, demasiados también para sonreír. El “bolo” de coca tampoco le deja espacio en la cara para muchas muecas. Lo mastica con fuerza y se aferra al jugo de “la planta mágica” como al martillo: con fuerza. Es el líder de una de las 57 cooperativas que operan en esta mina con más de cinco siglos de historia y de la que dependen todavía hoy los ingresos de 12.000 familias.

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Son las dos de la tarde. El sol pica y comienza la aventura del visitante en la mina. Cinco horas bastan para que el olor se tatúa en sus manos, en su ropa, en su cara. El frío del altiplano pronto se convierte en un pesado calor húmedo. La oscuridad lo inunda todo. Estamos en la mina. A los pocos minutos de caminar por un largo pasadizo aparece el primer grupo de mineros. Uno es el hermano de Julio Cesar, que sí sonríe. Se quita un guante de lana marrón. Primero estira de un dedo y luego de otro. Le faltan dos falanges. Su sonrisa se vuelve ahora macabra. Tiene 21 años y un hijo que alimentar. «La mina es nuestra única fábrica», ironiza Teodoro, el padre de estos dos jóvenes con apariencia de ancianos que desde pequeños les ha quedado claro cuál es el precio de nacer pobre.

«Sólo nos queda este infierno, nada más, el resto que tenemos es pobreza»

Aprovechan el encuentro con el visitante para pedirle refrescos, coca y alcohol. El precio de visitar la mina. Un pacto alcanzado entre las cooperativas y los guías que acompañan a diario a varios grupos de turistas. «Coca, coca», gimen todos entre sudor y polvo. De sus caras redonditas y morenas tan sólo se logra ver en la oscuridad sus dientes, que brillan como la esmeralda, verdes. Verde coca. El visitante cede. De su mochila saca una gran botella de cola, Cuba, se llama. Y seguimos el camino. Atrás quedan estos cinco hombres, el joven Julio Cesar entre ellos. Vuelven a su pozo, a su esquina, a su oscura pared. Les quedan todavía cinco horas de trabajo. No hay tiempo que perder. Cuando ellos marchen llegará otro grupo y si han tenido suerte y han dado con una buena beta de cinc, están obligados a terminar con ella. Si no, los que lleguen a su regreso lo harán por ellos (…)

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El viajero con cara de susto después de vivir dos explosiones de dinamita y correr por varias galerias a oscuras para esquivar los desprendimientos.


Suramérica calla a Chavez y apoya la democracia

Partidiarios de Evo muestan sus armas en Santa Cruz. Reutres

La convulsión que vive Bolivia no acarreará la caída de Evo Morales por ahora, pero sí la apuesta decidida de todos los gobiernos suramericanos por la democracia. Algo que ya han pactado nueve países de la región, con Brasil al frente, durante la cumbre extraordinaria de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) realizada este lunes en Santiago ante la masacre producida en la localidad boliviana de Pando con más de 50 muertos y una centenar de desaparecidos. Un enfrentamiento que podría llevar a una nueva guerra civil.

Nada justificará las vidas ya perdidas en Bolivia, pero les quedará el consuelo de haber conseguido un impacto más allá de sus fronteras con el acuerdo entre los gobiernos más fuertes de Suramérica por la democracia, sin tintes populistas, ni anti imperialistas. Brasil a la cabeza ha conseguido quitarle el megáfono Chávez, quien anunció que apoyaría a todo grupo armado que consiga mantener a Morales en el poder.

Nada de armas, democracia y diálogo. Estas han sido las recetas que le han dado a Morales. Ahora el líder cocalero debe sentarse a dialogar con las regiones autonomistas, que desde hace más de dos años exigen que cumpla su palabra dada de descentralizar fiscalmente el país.

Mientras tanto, en las calles de las regiones autonomistas siguen humeando las piedras lanzadas contra el Ejército.  Las mismas que utilizó Morales para llegar al poder durante el año 2006. Tal vez, después de esta crisis cambien las piedras por las mesas de diálogo. Tal vez.


Bolivia se resquebraja

Foto: Manifestación que me recibió en Santa Cruz en 2006 

“Autonomía carajo“. Así reza la camiseta que me traje de Bolivia hace ya dos años. La compré el mismo día de mi llegada en la avenida principal de Santa Cruz, capital económica y principal impulsor de la descentralización fiscal del país. Ese día se produjo la mayor manifestación de la ciudad con medio millón de personas para pedir la autonomía departamental, que no la independencia. Lejos de la imagen india de Bolivia, allí todos eran blancos, miraban con ojos claros y vestían ropa de marca. Y es que no toda Bolivia es indígina, ni todos los indígenas quieren la misma Bolivia.

Ayer volvieron a salir a la calle los cruceños. No para pedir su autonomía fiscal, sino para votarla en reférendum. “A píe de urnas”, el 85% de la población la desea. Sin embargo, el presidente indigenísta Evo Morales no está dispuesto a reconocer ninguna autonomía. La tensión está asegurada. El odio entre los coyas (indios del norte: aymaras y quechuas) contra los cambas (indios de la selva o descendientes de europeos) es total. Un tema tabú allí, tanto como en Euskadi pronunciarte sobre tus opiniones políticas.

La cobertura de este fin de semana del reférendum ha sido genial. Todos los medios han dado una previa y han vuelto a dar otra página a los resultados, todavía provisionales. La dimensión del conflicto puede llegar a un amago de guerra civil, pues son muchos los empresarios que no están dispuestos a seguir pagando “abusivos impuestos” a La Paz para que no reinvierta el gobierno nada en ellos.

Evo Morales realiza en su propio país lo que critica a las multinacionales.