Piedra de toque

“Un hombre feliz no puede ser escritor”

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Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) desvela hoy en El País su manual de estilo como escritor de viajes. “Cuando alguien me pide un consejo para ser escritor, siempre le doy dos: lee mucho y lárgate de tu casa”. Su trayectoria lo deja claro. Ha recorrido América de La Patagonia a Canadá y Euroasia de Lóndres a Tokio en dos ocasiones a través ferrocarriles, también ha vivido seis años en África y tres en Singapur. Y siempre evitando la actitud del turista. Él viaja en busca de la “arquitectura humana” por eso siempre apuesta por el tren.

“El turismo se hace para pasarla bien. Los viajes de verdad se hacen para pasarla mal. Un viaje pone a prueba tu ingenio, tu fuerza y tu capacidad de supervivencia”

Prefiero los trenes porque en ellos puedes hablar con la gente. Cuando viajo, no me interesan los edificios y los monumentos. Lo que busco es la arquitectura humana”

“Un hombre feliz no puede ser escritor -se despide-. Está demasiado ocupado siendo feliz”


El peor enemigo de la mujer soldado, sus compañeros

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“Me daban menos miedo los morteros que caían a diario que los hombres con los que compartía mi comida”.

 

En Irak han luchado y han muerto más mujeres que en ninguna otra guerra desde la II Guerra Mundial. Y el principal enemigo de todas ellas estaba en su propio bando, sus camaradas. Así lo recogen los estudios realizados por el Departamento de Veteranos de Guerra en los que indican que el 30% de las mujeres han sido violadas mientras servían en el Ejército por sus propios compañeros, el 71% han sido agredidas sexualmente y el 90% acosadas.

Y así lo han relatado cuarenta mujeres a la profesora de periodismo de la Universidad de Columbia Helen Benedict en el libro El soldado solitario: La guerra privada de las mujeres sirviendo en Irak. De esas 40, 28 fueron violadas, agredidas sexualmente o acosadas. Entonces se entiende que el sonido incesante de los morteros diera a Chantelle Henneberry menos miedo que el ruido de las pisadas de un compañero con el que iba a compartir las largas horas de guardia.

“Para los soldados una mujer es sólo una de estas tres cosas: un bicho, una puta o una lesbiana”. N0 sé qué opinará de todo esto la ministra española de Defensa.

Foto: Reuters


Madrugada en el Pirineo

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Por fin vuelvo a calzarme las botas. Después de unos meses naufragando entre papeles, consigo escaparme al monte y de rebote limpiar las telarañas de este blog. Que ya me vale. El objetivo era la cumbre de Monte Perdido, 3.355 metros; la ruta, Cola de Caballo y el campo base, el refugio de Goriz. Iba a ser una expedición invernal y nocturna.

Comenzamos a caminar a las 20.10 horas del parking de Ordesa. Salimos de Bilbao el martes a las 4.00 de la tarde, nada más entregar el último encargo, un periódico de 40 páginas para una institución. Y caminamos por todo el valle en solitario, Ricardo Adrián y yo. Primero rápido para que no nos viera ningún guarda, después como zombis atraídos por el crujido de las pisadas sobre la nieve. En una hora estábamos en las cascadas de Suaso. El resplandor de la luna proyectaba nuestra sombra en la nieve y el murmullo del río nos dio conversación durante toda la noche. A las dos horas llegamos a Cola de Caballo.

Nunca había visto el río con tanta agua y el valle tan solitario. Éramos los únicos montañeros. A nuestro al rededor todo era nieve, roca y sombras. Evitamos ascender por las clavijas hacia el refugio de Goriz y ahí estuvo nuestro error. Nos calzamos las raquetas y encendimos los frontales. Ahora tocaba superar un gran desnivel sobre nieve polvo, por un camino barrido por el viento y con la luna como única consejera. Eran ya las 00.30 horas.

Las huellas se hundían hasta la rodilla. La mochila cada vez pesaba más. El camino iba inclinándose hacia arriba y la caída ganaba metros y más metros. Tantos que se presentaba más tractivo dejarte caer que seguir abriendo huella. Ya era la 1.00 h. y seguíamos sin ver el refugio. Pensamos primero que sería una sombra grande que nos saludaba a lo lejos, pero no. Era una piedra. Entonces, caminamos hacia otra. Y tampoco. Así hasta la 1.45, cuando por fin nos desencajamos la mochila de la espalda. Tiramos los bastones. Nos liberamos de las polainas y de las raquetas y abrimos un par de Voldams. Estábamos en el refugio de Góriz.

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Dormimos pegados a los sacos, con todos los músculos flotando sobre la cama. El sol y el ruido de los franceses con los que compartíamos habitación nos despertó a las 6.00 de la mañana. Café caliente y replanteamiento de objetivo. Nadie iba a atacar la cima del Monte Perdido, la cantidad de nieve caída durante la noche anterior convertía en suicidio cualquier proyecto. Así que decidimos disfrutar de las vistas, regresar tranquilos al coche y aprovechar la ventana de buen tiempo que iluminaba todo el Pirineo.

Como aseguraba el montañero navarro Otxoa de Olza, el monte coloca todo en su sitio: “Te sientes una hormiga caminando por una esquina del Planeta. Valoras lo que tienes de nuevo y das cada preocupación su tamaño real. El monte limpia la mente, te hace fuerte y, en mi caso,  me hace feliz, muy feliz”. Ante tanta crisis pongámonos las botas y aprovechemos las noches de luna llena para colocar cada cosa en su sitio.