Piedra de toque

Rumbo a Europa

Gracias a todos los que me habéis acompañado. La media de entradas en el blog ha sido de 25, con puntas de 45. Eso sí, pocos os habeís animado a dejar comentarios. Dentro de dos horas parte mi avión hacia Miami, de ahí a Madrid y de ahí a la capital del mundo, Bilbao.

Atrás quedan 23 días tremendos. Regreso con mil proyectos en la cabeza y dos cuadernos llenos de historias. Ahora a editar todo el material. Primero el tema del basurero para EPS, después las maras para Público, los temas de salud para Diario de Noticias… Y así hasta los 10 temas que calculo que publicaré. De Bolivia publiqué 15 temas y más de 50 fotos. A ver ahora qué tal.

Y seguro estoy de que regresaré. Me han ofrecido dar clases de profesor invitado en la Universidad Católica de San Salvador. Sin duda volveré.


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De Pacífico nada

Fin de semana en el Pacífico. Me acompaña un catalán de segunda generación a una casa de playa. Literal. La casa daba directamente a la playa. Por fin me baño en el Pacífico, aunque de pacífico tiene poco. Las olas rompían con fuerza. Aproveché también para probar el agua de coco. Cortamos la tapa de uno, introducimos una pagita y a sorber. Rico, rico.

Antes de ir a la playa recorro la ciudad con un palestino de tercera generación. Se llama Miguel y trabaja en un banco. Visito la catedral. Está todavía construyéndose. En el sótano está enterrado monseñor Romero. Cuatro ángeles de broce velan sus restos. Un  grupo de carismáticos rompen en aplausos y alabanzas a Dios. Decidimos irmos. Aquí en San Salvador, como en Guatemala, no podemos caminar por las calles del centro y menos con una cámara al hombro. Los 5.000 homicidios al año y el sentido común no lo aconsejan. Da igual quién seas o lo que tengas. Todo el mundo camina con prisa por las calles. Si no es el celular, será el reloj o la cartera.

Hoy he regresado a la costa para visitar una Clínica y un taller de mujeres artesanas. Trabajan 20 señoras un encargo del Gobierno para la Expo de Zaragoza. Montan a mano collares de madera con la cara de la mascota de la Expo. Así es la globalización. Y sudo la gota gorda. Qué calor. De las 20 señoras, tan sólo una no tiene familia. El resto, a pesar de ser jóvenes, tiene varios hijos, incluso varios esposos. Dos de ellas recibirán esta semana una vivienda. Desde el terremoto del 2001 vivían en unas provisionales construidas con láminas de madera y techos de metal. Deben ser un horno.

Mañana serán mis últimas horas en Centro América. Aprovecharé para retomar el tema de las maras. Tengo una entrevista con el responsable del Consejo de Seguridad del Gobierno. Después iré a hablar con algún ex marero. Son más de 30.000 en el país, cuna de una de las pandillas más sangrientas: la Salvatrucha.


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Quién salvará a El Salvador

Amanece en San Salvador. Acabo de recorrer la parte norte de el país en compañía de un ex guerrillero del FMLN. Ha sido como adentrarme en un documental. Yo sentado en el jeep con la ventana bajada y escuchado la historia reciente del país a través de uno de sus protagonistas, mientras que éste conducía el coche. “En ese cerro tuvimos una de las batallas más sangrientas. Aquí me refugié durante años después de que el ejército asesinara al rector de la universidad. En aquellos pueblos nos reuníamos para diseñar el plan de combate y recibir las armas. Después regresé a la universidad para reclutar a más jóvenes”. Así durante más de cuatro horas con un almuerzo incluido junto al volcán de San Salvador, cuyo cráter visitamos. Daban ganas de acampar.  Ahora tengo la libreta llena de fechas, nombres y títulos de libros que no sé si me dará tiempo a leer. Que no acabe nunca este documental.

Los días anteriores he recorrido las zonas más devastadas del país por el terremoto del 2001, el huracán del 2005 y los fuertes vientos del 2007. Este país no gana para desgracias. La gente todavía vive en casas provisionales que  año tras año modifica algún temporal. Muchas de esta comunidades ni siquiera posee agua corriente y mucho menos electricidad. La ONG navarra Onay ha construido más de 300 viviendas en los últimos cinco años. Pronto iniciará un proyecto para capacitar a estos campesinos en el trabajo de la tierra, pues El Salvador abandonó el campo con la llegada de la democracia. Pensaron que con los nuevos tratados de comercio les resultaría más barato comprar fuera los alimentos. Ahora no sólo no tienen hambre, sino que tampoco dinero para comprarlos. Los suelos fértiles los ocupan fábricas extranjeras de ropa. Y el resto de tierra ya nadie sabe explotarlas porque con el cambio de política agraria cerraron los centros de asistencia técnica, universidades agrarias y los pocos técnicos cambiaron de oficio.

Mañana y pasado continuaré recorriendo el país. Detrás estoy del padre Pepe Morataya, un sacerdote salesiano que durante los últimos diez años trabaja con pandillas desde San Salvador. Tengo su móvil pero no me contesta. Mientras tanto, me consuelo fotografiando los muros de la ciudad con las firmas de la mara “salvatrucha”. Un de los responsables de los 700 homicidios en lo que va de años. A ver quién salva ahora a San Salvador.


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A Guatemala volveré

Anochece en El Salvador. Ayer abandoné Guatemala con gran pena. Me hubiera encantado quedarme una semana más. Hay tantos temas sobre los que escribir y he hecho tan buenos amigos. Espero regresar pronto, si no es que tomo de nuevo un autobús hacia Guate antes del 23. Hoy he pasado mi primer día en Santa Ana, El Salvador, y he comido con vistas al Pacífico después de caminar por la selva en busca de comunidades campesinas.

El fin de semana ascendí a un volcán, Pacaya (2.550 metros). Lo hacía con el Pelle, un joven abogado guatemalteco. Escuchar cómo avanza la lava por las laderas o ver cómo rugen las tripas del volcán es todo un espectáculo. También aproveché el fin de semana para recorrer Antigua, la anterior capital de Guatemala y la única que mantiene el genial sello de la colonia. Casas con balcones junto a fachadas de conventos destrozados, pues fue abandonada tras un gran terremoto que derrumbó los 17 conventos que daban vida a la ciudad.

Pero lo mejor fue la entrevista de ayer. Durante hora y media hablé con un ex mara,  Juan Manuel C., de las M18. Líder durante cuatro años de la clica del barrio 18 de Boca de Monte. Una entrevista impactante que me encogió el estómago. Tuvimos que interrumpir nuestra conversación varias veces, cada vez que aparecía un policía secreta por el agujero en el que trabaja ahora escondido de su mara, de las pandillas rivales y de la policía. “Cuando uno decide dejar la mara, gana un enemigo nuevo: su propia mara”. Y es que su cabeza tiene precio y, aunque son pocos los que quedan con vida de su generación, sus tatuajes le delatan. Los tiene al rededor de su cuello, por toda la espalda y por sus antebrazos. Algo que le ha llevado a vivir escondido en un piso, lejos de su barrio y acompañado de su hija de cuatro años. Ha estado nueve veces en la cárcel como lo demuestran sus brazos: un payaso triste entrerrejas tatuado en su antebrazo así lo recuerda.

Lleva en el cuerpo siete heridas de bala. El codo derecho ya no lo puede cerrar por haber recibido dos de estos siete disparos. “Si lo cierro, se me sale el hueso”. El último impacto fue en la cárcel durante un gran motín en el año 2005. Pero es un afortunado, de los 40 jóvenes que formaban su clica o pandilla tan sólo quedan cuatro con vida. “La situación de la calle es muy dura, a cualquiera le pegan cuatro tiros en la cabeza. Muerte, violación y droga es lo que ahora impera”.

Su carrera dentro de la mara fue rápida. Ingresó con catorce años durante los años en el instituto, después fue ganándose el respeto a golpe de gatillo y alcanzó la cima con 21 años cuando le nombraron líder de los Latin teeny criminal de Boca del Monte de la M18. Él gestionaba la droga del barrio, compraba las armas y mantenía a sus hombres con vida. El desenlace y los detalles de su actividad como líder de la mara, así como sus meses en la cárcel lo deja para próximos post. Sin duda tengo que pensar bien cómo editar esta entrevista.

“Si publicas mi foto en Guatemala me buscarán para matarme, pero prefiero dejar huella que pasar por la vida invisible”.

Las fotos se las tomé en el baño de un gran edificio en el que ahora trabaja. Se quitó la camiseta para enseñarme sus tatuajes donde carga su propia sentencia de muerte. “Cuando subo a un autobús la gente me trata como a una embarazada, se levantan para dejarme libre el asiento. La gente tiene miedo a las mara y no es para menos. A ver cuándo termina todo esto”. Al salir del servicio varias personas esperaban sin rechistar afuera. Ninguno se atrevió a levantar la mirada. En efecto, era un mara.


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Sonrisa de metal


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“Te estoy atracando, mi haute”

Hoy he pasado miedo. Las piernas me temblaban. Eran las 12.00 del mediodía, hora del almuerzo para los cerca de medio millar de personas que trabajan en el basurero del sector tres de Guatemala. Caminaba por un asentamiento de chabolas. Llevaba dos horas visitando familias con la cámara de fotos escondida tras un chubasquero. Pero apareció él con su botella vacía.

-Hermano, dame todo lo que tengas de valor. Te estoy atracando, hermano, óyeme. Qué tienes de valor.

El corazón me bombeaba en la sien. Era una calle ancha. Hacía sol y por un momento dejé de oler el fuerte aroma del basurero. Miraba al suelo

-Hermano, no quiero problemas, pero te estoy asaltando. A mí me han disparado ocho veces. Yo te disparo a ti ahora en la cabeza. Ya puede correr, pues. Te alcanzo a cinco metros con mi pistola. Yo te meto cinco balas en tu cabeza, óyeme.

Horrible. He pasado más miendo que en aquella comisaría de Bolivia o en la habitación con cristales tintados con un policía pidíendome dólares en Perú. El sector tres de Guatemala es así. Allí no entra la policía. Es terrerno de guajeros, buscadores de basura, y de pegamenteros, esnifa pegamentos.

Una señora me ofrece su casa para meterme. Su nombre: Milagros. Meto la cámara ahora en el bolso de la señora que me acompaña en esta ruta. También lo hace un señor de cincuenta años con gorrra. Es nuestro hombre de seguridad. No va armado, para que no le maten por el arma. Él ha sido el que se ha quedado hablando con el borracho, que por cierto, iba eufórico y llevaba un gran bulto en el cinturón…

A la salida de la casa, todo despejado. Nuestro hombre de seguridad mira entre los callejones y nos avisa de que regresa el asaltante. Corremos entre callejones. Pasan dos guardias nacionales en moto: visera negra, porra y pistola.

-¿Les aviso?- No, que seguro que son huates del borracho.

La policía que entra en el sector tres entra a lo mismo que los borrachos: a robar. Al fondo oímos sirenas, aparecen las paredes del basurero y dos niñas salen corriendo en dirección contraria a la nuestra con cara de susto. ¡Una balasera! Le avisan a nuestro hombre de seguridad que hay un tiroteo en esa calle. Cambiamos de callejón. Sigo sudando. Ya me da igual la cámara.

Salimos a una gran avenida. Estamos en la puerta del basurero… Ya ha pasado el peligro. Mis acompañantes respiran hondo. Yo todavía tiemblo. Me preguntan si quiero fotografiar la entrada, como si nada hubiera pasado. Una hilera de hombres salen con toda la ropa machada de basura. Huele a podrido. Ni contesto. Me limpio el sudor y camino. Era cierto había pasado el peligro, que no el susto.


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La vida en el basurero

Juana Ventura junto a su abuela

Juana Ventura tiene 13 años, siete hermanos y una abuela desde el mes pasado. Sus padres y sus dos hermanos mayores murieron sepulatados en el basurero del sector 3 de ciudad de Guatemala. Su desgracia ser “guajeros”, buscadores de basura, en una zona en la que por las lluvias se derrumbo. Junto a ellos desaparecieron otras cincuenta personas al moverse más de 30.000 toneladas de basura y abrirse una grieta de cuatro metros en el suelo. Juana comienza ahora una nueva vida.

En la misma continúan más de 900 personas, las mismas que habitan los asentamientos de chabolas que rodean el gran basurero. En el cielo sobre vuelan los zopilotes, una variante americana de cuervo. Y es que cuervos y guajeros compiten por la mercancía que el resto de la ciudad deshecha. El olor del ambiente se clava en la garganta. Las moscas lo invaden todo.

 

Camino durante más de cuatro horas por estos asentamientos. Las chabolas han ido proliferando en las pendientes, parchean el paisaje con sus placas de madera, metal o cartón. A estas zonas les llaman palomares porque vive la gente como las palomas. Araceli López vive de alquiler en uno de ellos. Su casa no tiene baño. Ni siquiera la chavola es suya. Todos duermen en el suelo sobre cartones. Son cinco, ella su marido y tres hijos. Su suegro trabaja en el basurero, su marido en un taller, ella estudia para peluquera. La semana pasada se le quemó el único colchón por un cortocircuito. Ni los bomberos quiesieron acercarse a la zona. El sector tres no lo existe para muchos.

Jeny Serrano también estudia para peluquera. Lo hace en Junkabal una centro de formación que surgió en los años 60, la primera institución en atender a esta población. Allí le controlaron la salud durante el embarazo, le dieron víveres después para controlar la desnutrición de su hijo y aprendió a cuidar el higiene pues también vive de alquiler en 10 metros cuadrados. En su casa el único colchón sigue seco. En él duermen los tres. Ahora colabora en Junkabal para llevar a más señoras, vecinas y familiares suyas, para ganar algo en autoestima. Ella ya la tiene. Pronto colocará un letrero en su chabola para hacer mechas y planchas. Podrá ganar más que su marido.

Domingo del Rosario Ren ya lo hace. Es viuda, tiene cuatro hijos, a su madre viuda y a un nieto que mantener. “Junkabal ha sido una bendición para mí. Allí aprendí a lavarme, a cocinar, coser y ahora a peinar”, asegura sin complejos. El techo de su casa está inclinado. La chapa de metal sobre sale por una de las esquinas. “Es que no llegué a colocarla bien”. Y por su casa pasan vecinas de patio, amigas y familiares bien para encargarle una sobrecama, un peinado elegante o unos pasteles. “Antes sólo tenía el basurero y allí sientes que la vida no vale nada”.

En el basurero murió su marido. Lo mataron en una disputa entre guajeros. Encontraron zinc, lo más valioso. Y la pelea acabó en disparo. Junkabal no le devolvió a su marido pero sí le dio las herramientas para reponerse y seguir luchando.

Como estas mujeres, hay otras 350 a las que capacitan en talleres, forman como personas y mueven a crear su propia empresa. La ONG navarra Onay colabora con la financiación. Una buena causa. Un motor de cambio contra la espiral del basurero.


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La Guatemala abandonada

Cualquier enfermedad se converte en mortal en las zonas rurales de Guatemala. Así ocurría en Huehuetenango, una región con más de 250.00 habitantes a lo largo de sus 100 km2 y para los que tan sólo había un hospital. Ahora cuenta con uno nuevo a través del apoyo del Ayuntamiento navarro de Egües. Si la enfermedad no mataba al paciente, lo hacía el camino. La carretara todavía son hoy un proyecto. Empinadas pistas suben y bajar por los valles del altiplano siempre en paralelo a México. El aislamiento de los habitantes de estas zonas mayas ha sido total. Sin escuelas, ni centros de salud, ni infraestructuras. Tan sólo han contado con tierra en la que cultivar lo justo para vivir o sobrevivir.

En los años 60 una orden de religiosas decidió abrir un centro de salud en Jacaltenango, una población con 30.000 habitantes, a varias horas de caminos al hospital más cercano. Con el tiempo el centro de salud se ha convertido en un hospital con dos especialistas, quirófano y capacidad de 52 pacientes. Sus habitantes han pasado del abandono más absoluto a ser unos privilegiados. Y Jacaltenango es ahora un semillero de especialistas con marca propia. “Yo he nacido en este pueblo y hay aportaciones que no se cobran con dinero”, asegura el director del hospital, el doctor Juan Pedro López para explicar que después de irse a trabajar a otros hospitales en zonas urbanas haya regresado. Estudió en la escuela que también formó esta orden religiosa. “El nivel era altísimo. Cuando me castigaban me obligaban a ordenar los libros de la biblioteca”, relata Juan Pedro que sus expectativas vitales pasaron del campo a los quirófanos gracias a la presencia de este centro de salud.

El hospital sigue estando a varias horas de cualquier civilización y todos los campesinos de los poblados cercanos viajan a diario para curarse de sus dolores. Sobre todo atienden a mujeres a los que el parto se le ha complicado. “El hospital sigue siendo un referente en el país, pero con casos cada vez más complicados”, aseguran. Y es que las farmacias han proliferado como las cantinas. Todo el mundo se automedica provocándose en muchas ocasiones complicadas intoxicaciones.

Durante los últimos años ha conseguir modernizar todas sus instalaciones. Ahora cuenta con una zona de urgencias que ha sustituido a los bancos de madera del pasillo. También sala de rayos X, un complejo sistema informático para los expedientes y un albergue para los familiares de los ingresados. Todo gracias al Ayuntamiento de Egües. Egües con el Jacaltenando. Oralé.

Mientras tanto, la discriminación entre la capital y las regiones es total. Un indígena a penas cuenta con acceso a la educación o sanidad. Y los que apuestan por abandonar el campo por la ciudad son caldo de cultivo de las maras, pandillas callejeras o habitantes del sector tres: el gran basurero.


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Por los caminos de Chimaltenango


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Regreso a la “civilización”

Regreso a la civilización. Tras una semana perdido por comunidades indígenas mayas, vuelvo a pisar asfalto en una ciudad de dos millones de habitantes (cuatro durante el día) y con más de 700 homicidios en lo que va de año. Guatemala tiene hoy más muertes que durante los 36 años de guerra civil. El mercado de las armas cortas es como el de los CD. Puedes conseguir una a la vuelta de la esquina. Y en las zonas fronterizas la situación se agrava al haber sido durante años un lugar clandestino para la guerrilla. Me aconsejan no pasear por ninguna calle, no llevar mochila, no tomar un taxi cualquiera, no llevar la cámara de fotos… Qué horror. Y lo peor de todo, es que cualquier robo es siempre a punta de pistola ya sea para agarrarte el celular o el reloj.

Espero poner al día el blog con pequeñas historias.

Hoy día de celebraciones y festejos.


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